lunes, 9 de agosto de 2010

Mi viejo Punta del Este

¿Será porque estamos entrando en el mes de la nostalgia, con su apoteosis la noche del 24 y sus numerosas fiestas? ¿O simplemente porque soy canceriana y una de las características de este signo es el apego al pasado?

Por estas razones y otras que no vale la pena enumerar, la otra noche me puse a recordar cuales son las cosas que extraño del viejo Punta del Este.

Obviamente que todo es un tema generacional: mi viejo Punta del Este no es el mismo que el de mi padre, la lista de los lugares que él extraña es mucho más larga que la mía, pero estoy segura que cuando lea esto, vamos a coincidir en algunas cosas.

Los lugares que echo de menos existieron mayormente en la década de los setenta (mi infancia), y los ochenta (mi adolescencia). Aunque pasé gran parte de este tiempo también en Montevideo, parece que los recuerdos más vívidos, los que lograron sobrevivir a la montaña de imágenes, olores y sonidos que fueron acumulándose en mi mente en los años siguientes, fueron los relacionados con Punta del Este y los momentos que aquí pasé.

De los primeros recuerdos está “Catarí” en la avenida Gorlero, con su dueña Doña María y su lasaña verde de hongos. Una vez por semana solíamos ir mi madre y yo a comer esta delicatessen, e invariablemente se repetía el mismo ritual: Mi madre pedía la cuenta y ahí aparecía Doña María y decía con su acento italiano “Ah, no, a mujere sola no le pueddo cobrar.” No sé cuantas veces habremos comido “sañas” gratis (por muchos años pensé que se llamaban “las sañas”. Si son “los ravioles” ¿por qué no pueden ser “las sañas?).

De esa época, no puedo dejar de mencionar la Heladería Gorlero y Johny, el lustrabotas bailarín que trataba de emular al personaje Tony Manero de “Saturday Night Fever”, protagonizada por un jovencísimo John Travolta. Había que ver la cantidad de gente que se juntaba para ver “al Chony” bailando en la vereda al son de la música Disco.

La playita del puerto y su muelle, dónde muchos aprendieron a nadar con el Profesor Paredes, el cine Fragata y sus matinés interminables -de las cuales salíamos con los ojos en compota después de ver tres películas seguidas-, la playa El Emir con dunas, el Hotel Playa, el Jagüel, su pista de patinaje y sus caballos de alquiler -cuando todavía no se había convertido, en la “zona roja” de Punta del Este-.

En fin, podría seguir enumerando lugares y personajes y al volver a leer esto, me daría cuenta que me estoy olvidando de algo ya que a medida que uno empieza a recordar, es como si abriera una canilla que empieza a gotear tímidamente: lugar a lugar, vivencia a vivencia, pero a medida que permanece abierta, los fantasmas del pasado ven una manera de volver y parecen decir: “No te olvides de mi” y así la lista crece y crece.

Ya de mi adolescencia no puedo dejar de mencionar La Fragata con sus desayunos trasnochados, después de haber ido a bailar a algún boliche. De La Fragata siempre me llamó la atención sus mozos, verdaderas instituciones que lo deben haber visto todo, ya que era impresionante la cantidad de gente que por allí pasaba. En cuanto a boliches se refiere, me acuerdo de Ezequiel en el Cantregil Country Club, New Faces, al lado del cine Lido, L’Ete en Punta Ballena y por supuesto Space y sus fiestas temáticas de los miércoles.

Seguro que algunos de los que están leyendo esto, se preguntarán: ¿Pero cómo puede olvidarse de tal o cual cosa? Como decía al empezar este articulo, esto no es solamente un tema generacional, sino que también es, obviamente personal, mi viejo Punta del Este seguramente no es el mismo que el de ustedes, pero todos los que tenemos más de veinticinco ya tenemos uno.

Por suerte todavía permanecen unos cuantos lugares que han sobrevivido al crecimiento y la “Conradizacion” de Punta del Este: “El Floreal”, el Muelle de Mailhos, “L’Auberge”, “San Jorge”, la Playa de los Ingleses, “La Posta del Cangrejo”, Las Mesitas, “Dante” (de una Aguja a un Elefante), el Hotel Palace, en fin, algún otro habrá que no se me ocurre en este momento.

Aunque reconozco que es imposible que todo permanezca igual y que los cambios que la ciudad sufre son inevitables, me reconforta saber que sobrevivieron estos y otros lugares de mi viejo Punta del Este. En definitiva, son parte de la identidad del balneario y también de la mía.

Es justo decir, y lo hago con orgullo, que el nuevo Punta del Este también tiene sus atractivos, de a poco se va convirtiendo en una verdadera ciudad -con todo lo bueno y lo malo que esto implica-, los meses muertos ya no están tan muertos: hay colegios, universidades, cada vez más restaurantes y comercios abiertos y -¡oh milagro!- cine todos los días, con no una pero varias películas para elegir. Todo el que haya vivido la desilusión de que suspendieran la película que uno había estado esperando toda la semana por falta de público, como solía suceder a menudo durante el invierno, sabrá a lo que me refiero.

Y así como podemos ver buenas películas durante la semana, los nuevos tiempos nos han traído no solo más semáforos y decenas de rotondas, sino también nuevas opciones de consumo, nuevas fuentes de trabajos, nuevos motivos de permanencia.

En el fondo hay una parte de mi persona a la que le gustaría que todo siguiera como en los años de la infancia; que aquella idílica foto de ayer no hubiera sufrido modificaciones de ninguna índole. Pero la realidad es que uno crece, y junto con uno las sociedades avanzan.

Recuerdo con sincera nostalgia mi viejo Punta del Este, mientras disfruto de las comodidades y de los nuevos aportes que nos vienen trayendo el progreso y la confianza de los que año tras año se van sumando a nuestra comunidad por encontrar aquí vientos propicios y una paz y una cordialidad que a toda costa debemos conservar.



viernes, 30 de julio de 2010

Secreto bancario: ¿Atraer o repeler inversores?


En estos días vimos en nuestra ciudad muchos argentinos que decidieron pasar sus vacaciones de julio entre nosotros. Me consta que varios de ellos tienen propiedades en Punta del Este, y me pregunto cuántos tendrán cuentas en bancos uruguayos.
Hace cosa de dos meses, se presentó en Uruguay un proyecto de ley en el que se proponen ciertos ajustes al Nuevo Sistema Tributario. Entre estos ajustes está la posibilidad de solicitar el levantamiento del secreto bancario ante el pedido de la Dirección General Impositiva, a efectos de fiscalizar las cuentas ya sea de personas físicas o jurídicas.
Estuve navegando por Internet y preguntando por ahí, y parece que en las últimas semanas no ha habido demasiada mención de este proyecto de ley. No sé si fue el Mundial que logró borrar de la memoria colectiva todo lo que no se tratase de fútbol, pero el caso es que después de haber estado ojeando las medidas propuestas, hay algunas cosas que quedaron dando vueltas en mi cabeza como, esto de: “a efectos de fiscalizar…”
Fiscalizar, que palabrita tan antipática. ¿Cómo se elegirá a los desdichados en cuyas cuentas se va a husmear? ¿Tendrá que efectivamente haber la presunción de evasión impositiva? ¿O basta el ánimo indagatorio de algún funcionario de la DGI, para que se solicite- juez mediante- el levantamiento del secreto bancario de las cuentas de algún antipático personaje? (no del agrado del funcionario de la DGI, se entiende).
Aunque en la exposición de motivos del proyecto de ley dice que “La solicitud, asimismo, en caso que sea requerida por nuestra administración tributaria, deberá estar debidamente fundada, y cumplir con la condición de necesidad para la verificación de la veracidad e integridad de las declaraciones juradas de los contribuyentes o la falta de ellas.” El caso es que el largo brazo de la DGI va a poder llegar a nuestras cuentas, el secreto bancario se debilita, poniendo a las instituciones financieras en una posición vulnerable.
En un artículo publicado en el Diario El País el 15 de julio pasado, se señala que los depósitos en el sistema financiero uruguayo cayeron U$S 145 millones en junio –el mes en que trascendió esta perla de proyecto de ley- con respecto al mes de mayo, según había informado en su momento el Banco Central. El mismo artículo dice que en términos relativos, la caída más preocupante fue en los depósitos de los no residentes, que disminuyeron en unos U$S 18 millones.
El proyecto de ley también prevé que esta información puede ser solicitada por “la autoridad competente de un estado extranjero.” Esta modificación al sistema tributario da la posibilidad de que- convenio de cooperación de intercambio de información tributaria mediante-, las autoridades fiscales extranjeras puedan conocer las operaciones bancarias de sus nacionales, cumpliendo ciertos pasos formales.
Temblamos en ambas márgenes del Rio de la Plata, ya que si la Administración Federal de Ingresos Públicos de Argentina- la AFIP, para lo íntimos- llega a los bancos uruguayos, habría que ver el desbande que se armaría.
Al advertir el revuelo que se estaba armando con la noticia de la flexibilización del secreto bancario uruguayo y la posibilidad de que ambos países firmaran un convenio de intercambio de información tributaria, por el cual viene abogando la Argentina hace tiempo, un funcionario no identificado de nuestro gobierno declaró el 5 de junio pasado al diario La Nación “Podemos llegar a firmar acuerdos con países como Malta, Burkina Faso y Lesotho, pero no la Argentina”.
Según una conferencia llamada: “Los convenios de intercambio de información que viene firmando Uruguay. ¿El fin del secreto bancario?”, recientemente celebrada en la ORT, Uruguay tiene acuerdos de intercambio de información tributaria con los siguientes países: México (firmado y ratificado por Uruguay), España, Portugal (tratados ingresados al parlamento uruguayo, aún no ratificados), Francia, Alemania (tratados firmados por Uruguay, pero aún no ingresados al parlamento). También tiene preacuerdos firmados con las siguientes naciones: Bélgica, Liechtenstein, Malta, Corea del Sur, Suiza y Finlandia.
Una de las razones que se esgrime para modificar la ley, es la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y su famosa lista negra. Al parecer Uruguay está actualmente -al igual que lo estuvo Suiza en su momento- en la lista gris de esta organización. Suiza logró salir de la misma mediante la suscripción de doce convenios de intercambio de información, cosa que le están exigiendo a Uruguay.
En Suiza -famosa por la impenetrabilidad de sus bancos- el intercambio de información sobre las cuentas de sus clientes dista de ser automático. La Ministra de Economía Suiza declaró en marzo pasado al diario El País de Madrid: "El secreto bancario sigue existiendo para los residentes en Suiza y colaboramos con la OCDE, pero el intercambio de información sobre cuentas de clientes no es automático". El procedimiento ahora depende de las autoridades de cada país, quienes deben hacer la demanda. Pero sólo en caso de sospechas fundadas de fraude fiscal, colaboramos de forma transparente.”
En cambio la reforma propuesta por el Banco Central de Uruguay y el Ministerio de Economía da rienda suelta- a través de los ya suscriptos y futuros convenios de intercambio de información- a los fiscos extranjeros a husmear en las cuentas que puedan tener sus ciudadanos en Uruguay.
¿Esto no les huele mal? ¿A qué tipo de presión política estaríamos cediendo y a qué costo?
Históricamente gran parte del atractivo de nuestro país, y de Punta del Este en particular, residió en ser en muchos sentidos hospitalarios con los turistas y los inversores. No estamos seguros que vaya ser a seguir siendo así. El Ministerio de Turismo y el de Economía y Finanzas no parecen caminar en la misma dirección.
Con todo, preferimos esperar que los próximos convenios que Uruguay firme sean con Lesotho y Burkina Faso, como declaró el funcionario no identificado de nuestro gobierno, y no con ninguno de nuestros vecinos

jueves, 8 de julio de 2010

Alentando a la Celeste desde la capital del imperio


Cuando estaba haciendo la valija para mi viaje a los Estados Unidos, decidí a último momento incluir unas camisetas y unos pareos con la bandera uruguaya, sin pensar que iban a ser el mejor regalo que les podía hacer a mis amigos uruguayos residentes en la capital norteamericana.
Poco a poco la fiebre mundialista se va adentrando en los corazones y voluminosos cuerpos de los estadounidenses. De la mano del Waca-Waca y al ritmo de las caderas de Shakira, los norteamericanos se están dejando seducir tímidamente por un deporte que hasta hace poco estaba asociado exclusivamente con los latinos y las niñitas de colegio- si, acá el fútbol es mayormente un deporte femenino-.
Hoy leyendo una encuesta en uno de los diarios de la capital estadounidense, un sorprendente 27% de los encuestados sostienen que la Copa Mundial de Fútbol afectó su productividad en el trabajo. En Uruguay, un modesto 27% parecerá muy poco, pero un país como los Estados Unidos, de herencia protestante, donde el trabajo es prácticamente sagrado, esto es mucho decir.
Puedo decir que tuve el privilegio de ver el partido Uruguay-Holanda en el Departamento 20, como lo llama el Ministerio de Relaciones Exteriores, rodeada de compatriotas que viven en el exterior.
Banderas, camisetas, tambores, la esperanza y el entusiasmo se dieron cita en un bar del tranquilo barrio residencial de Cleveland Park, en Washington, DC. Al menos unos 50 uruguayos coparon el establecimiento y alentaron a Uruguay con una mezcla de fervor, orgullo y nostalgia.
“Uruguay lleva el deseo de todo un continente al enfrentarse con Holanda” era uno de los titulares de The Express, un diario gratuito que se distribuye en Washington, DC y reúne una síntesis de las noticias más importantes del mítico Washington Post.
Hinchas de todas las edades, pelos y colores se reunieron en un sofocante día de más de 35˚C y alentaron al equipo celeste como si estuvieran en el estadio en Sudáfrica. No faltó el candombe, ni los cánticos. En el mismo lugar había unos pocos holandeses acoquinados en el fondo del bar, apabullados por tanto entusiasmo latino.
La más que dudosa actuación del árbitro se llevo unos cuantos epítetos irreproducibles por nuestros apasionados compatriotas. El 1 a 1 dio paso una especie de delirio que solamente disminuyó cuando Holanda metió los 2 goles que coartaron nuestras esperanzas de llegar a la final. El broche de oro fue el segundo gol de Uruguay, ya que la sensación que allí reinó fue la de un profundo orgullo de haber jugado un excelente partido y cómo decía el titular del diario que menciono, haber llevado a cuestas la reputación de no sólo nuestro pequeño país -prácticamente desconocido para muchos, sin ser por hazañas de este tipo- si no la de todo un continente.
A diferencia de los franceses y otras selecciones que coparon los titulares con sus desplantes infantiloides de jugadores y técnicos, los uruguayitos dieron al mundo un ejemplo de mesura, tesón y espíritu de equipo que les valió para que el 3 a 2 a favor de Holanda no tuviera el amargo sabor de la derrota, sino la satisfacción de saber que se hizo el mejor esfuerzo y se cumplió con el deber.
“Tres millones de esperanzas”, decía uno de los carteles en el estadio sudafricano, tres millones y pico tengo que agregar. Yo vi con mis propios ojos a esos casi 50 uruguayos que estaban conmigo en ese bar en ese tórrido día, uruguayos que viven lejos de su patria; el aire que se respiraba al terminar el partido era de tristeza pero también de un profundo orgullo.
Los uruguayos de Washington, DC se fueron a sus casas y a sus trabajos con sus camisetas, banderas y tamboriles, la frente en alto y la satisfacción de haber visto a la Celeste jugar como verdaderos deportistas y caballeros.
El mundo entero nos estaba mirando, cosa que no pasa a menudo.

Florencia Sader
Washington, DC
Julio 2010

miércoles, 23 de junio de 2010

Una conversión casi milagrosa


En un ataque de inesperado patriotismo, o mejor debería llamarlo “riodelaplatismo” me encuentro mirando el partido Argentina-Grecia, en casa de unos amigos en Washington, DC, la capital del alicaído imperio.

El Uruguay –México me lo perdí, ya que justo en ese momento estaba llegando a mi destino, cansada, sudorosa, vapuleada por la cada vez menos agradable experiencia de viajar en avión.

¿Qué despertó en mi, una autoproclamada “anti Copa del Mundo” la urgencia de destinar una hora y media de mis valiosas y esperadas vacaciones en mirar un partido de fútbol?

No tengo excusa, nadie me obliga a verlo; todos salieron y estoy sola.

Antes que empezara el mundial escribí un artículo que salió publicado en este mismo diario que se llamaba “Un pelotazo en contra” y describe mi increíble tedio ante el inminente comienzo del mundial de fútbol.

¿Qué pasó? ¿Cómo puedo ser tan veleta? ¿Cómo justifico antes ustedes y sobre todo ante mi misma este inesperado cambio de actitud?

La más que decorosa actuación de Uruguay, clasificándose primero en el Grupo A, debe haber tocado alguna fibra muy escondida y está haciendo brotar mi “uruguayez.” Parece que me importaba el fútbol después de todo. ¿Será la posibilidad de que nuestro rincón del planeta, brille, aunque sea por un rato, lo que me hace ir en contra de todo lo que dije antes?

El entusiasmo, la esperanza, la alegría, el orgullo que despierta entre nosotros la actuación de la selección- ayudada por el apolíneo torso de Forlán y la sonrisa de Lugano -, lograron convertirme en una hincha más y de aquí en adelante la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010 va a contar con otra seguidora.

Me contagié de la fiebre mundialista, y mi única cura parece ser seguir religiosamente los partidos de nuestra selección de ahora en adelante.

Y si por esas cosas de la vida Uruguay termina quedando afuera, hincharé por los hermanos rioplatenses, y en el caso de que ellos también se quedaran por el camino, los brasileños tendrán mi apoyo, ya que me gustaría que si no es nuestra,- sí, confieso que tengo unas tímidas esperanzas y como una insensata me atrevo a soñar con un triunfo celeste- la copa quedara entre vecinos.

Al igual que un ateo que finalmente encuentra la fe, me desconozco en esta nueva faceta de hincha esperanzada. Como dijo el filosofo alemán Immanuel Kant “El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.” Esta frase me viene perillas ya que puedo justificar mi veleidad, dejándome a la altura de muchos iluminados, y tapándole la boca a algún machista sarcástico que se sienta tentado a atribuir este súbito cambio de parecer a la impresionabilidad del género femenino

sábado, 19 de junio de 2010

Mi Buenos Aires querido...



Uno de mis primeros recuerdos, es un viaje a Buenos Aires con mis padres. Recuerdo a mi padre, muy elegante con su traje, -no se olviden que los trajes en Punta del Este no se usan todos los días-. Vienen a mi memoria los preparativos, el viaje en avión, la llegada, el hotel, la portentosa avenida 9 de Julio, y sobre todo la fascinación que en mi causó el primer encuentro con esta ciudad. Poco sabía en ese entonces que este era el comienzo de un romance que iba a durar por el resto de mi vida.

Buenos Aires con sus taxistas filósofos y sus “colectivos” asesinos nos seduce con su belleza, nos enfurece con sus injusticias y nos asombra con su eterna capacidad de atravesar por las más complicadas peripecias con un garbo y una gracia parisinas. Esa gran ciudad vecina, tan parecida y a la vez tan distinta de nuestra más modesta Montevideo, ejerce en nosotros una atracción que, al menos en mi caso, se renueva cada vez que la visito.

Puede ser que el hecho de estar afincada de vuelta en Punta del Este hace casi dos años, me haya vuelto más susceptible a los encantos del asfalto, pero el hecho es que acabo de volver de Buenos Aires agradecida de tener semejante metrópolis a apenas 40 minutos de avión.

Todos protestan en Buenos Aires, los conocidos y los charlatanes desconocidos que aprovechan la más mínima ocasión para provocar una conversación que inevitablemente se transforma en una oportunidad para dar su opinión acerca del maremoto político por el que siempre parece estar navegando la Argentina. Manifestaciones, paros, todo tipo de protestas son moneda corriente en esta ciudad; llegar a las inmediaciones de la Casa Rosada es toda una aventura.

Cualquier inovación que provenga de este país no es demasiada novedad para los uruguayos, ya que es más la historia que nos une que la que nos separa. En Punta del Este, más concretamente, hace más de un siglo que llevamos recibiendo a miles de porteños todas las temporadas. Los conocemos bien y al verlos en su hábitat natural, podemos entender mejor la atracción que en ellos ejerce nuestro balneario y los impulsa a venir contra viento, marea y piqueteros todos los veranos y algún que otro fin de semana largo, a desenchufarse de la maravillosa pero vertiginosa capital porteña.

Como toda gran ciudad, Buenos Aires se reinventa, aparecen nuevos restaurantes y comercios. En barrios que antes estaban fuera del circuito turístico, ahora pululan jóvenes que parecen salidos de una revista de modas y turistas extranjeros que se matan por conseguir una mesa en alguno de los cafés recomendados por una de las cada vez más numerosas guías de turismo, que prometen develar los secretos de una de las ciudades más glamorosas de América del Sur.

La Avenida Corrientes con su variada oferta teatral, la Calle Florida con sus espectáculos callejeros que sorprenden a los turistas y alegran el ratito que los oficinistas salen por un café o un pucho, San Telmo y su colorida feria de los domingos, Palermo con sus nuevos restaurantes y boutiques de diseño, Puerto Madero y su variada oferta gastronómica, La Biela y sus habitúes que parecen salidos de una historieta de “Locuras de Isidoro”, todo esto y mucho más nos espera al otro lado del rio y nos invita al disfrute.

Por mi parte se necesita de muy poco para avivar la llama, bastan unos días en Buenos Aires y vuelvo a sentir el mismo embrujo que sentí hace mucho años, cuando todavía no conocía otras ciudades que le pueden hacer sombra. De la misma manera que uno siempre conserva en el corazón un rinconcito para el primer amor, con ella soy incondicional, todo se lo perdono. Habrá ciudades más ricas, mejor cuidadas, más ordenadas, no tan ruidosas, menos peligrosas, pero en ninguna de ellas me siento tan como en casa.

¡Aguante Baires! Ya sea por aire, agua o tierra seguiremos llegando para que nos acunes en tu porteño regazo y podamos, por un ratito al menos, disfrutar de tu contradictoria belleza.

martes, 8 de junio de 2010

Un pelotazo en contra


Se viene, se viene, se viene la Copa Mundial de Fútbol, Sudáfrica 2010. ¡Que pelotazo!

¿Qué pasa, está enferma? Dirá el 99 % de la gente, ¿cómo es posible que sea tan desfachatada y se anime a decir una barbaridad semejante?

Debo confesar con cierto pesar, que pertenezco a una vergonzante minoría; soy parte de ese 1 % al que no le interesa para nada el fútbol. Algún gen falló y mi “uruguayez” no es completa.

Me importa un reverendo bledo cuando juega Peñarol y Nacional. Tengo el tupé de seguir mi vida como si tal cosa, mientras mis amigos, parientes y conocidos se matan por ir al Centenario, o se concentran frente a los televisores, como si en el partido se estuviera decidiendo la vida de algún gladiador romano.

Se viene un mes de gente enfervorizada, hipnotizada frente a las pantallas plasma, LCD, LED, especialmente compradas, en interminable cuotitas, para ver el mundial. Durante gran parte del mes de junio y julio, muchos compañeros de trabajo se van a enfermar seguido, los chicos de colegio van a faltar más que de costumbre -con la bendición de sus futboleros padres-. La política, la flexibilización del secreto bancario, el IRPF, van a dejar de ser el principal tema de conversación. Todo va a funcionar a media máquina, sintonizado con los vaivenes de la pelotita en el continente africano.

Tendré que camuflarme y pretender que soy uno de ellos, ya que no hay lugar para nuestro modesto 1 %. Nuestro notorio desinterés es no sólo antipatriótico, -¿cómo no te va a importar cuando juega Uruguay?- sino que también es antisocial, hay que tener mucha personalidad, para sobrevivir al escarnio al que te puede someter el 99 %.

Somos unos parias, lo sabemos, pero no podemos hacer nada al respecto, ya que cuando algo no te interesa, se nota, los hinchas lo huelen y todos nuestros esfuerzos por pertenecer no suenan sinceros.

¡Cuántos corazones rotos en el Río de la Plata por un traspié de Messi o Forlán! ¡cuántas esperanzas destrozadas en dos continentes por la tarjeta roja a McCarthy o Fabiano! ¡qué odio que va a despertar entre los mexicanos ese juez que no cobró falta por la patada que le dieron a Márquez!, ¡cuánta polémica al día siguiente del partido, en la oficina, en el almacén, en la calle, acerca de esa falta, si esa era digna o no de un penal! ¡qué dilema, acerca si fue la mano de Dios o la mano de un jugador la que metió ese dudoso gol! y entre nuestros compatriotas, ¡cuánta presión va a sufrir Tabárez , sabiendo que puede ser crucificado por una horda de hinchas desilusionados!

Algo sabe del tema, no fue totalmente honesta, pensarán, ya que mencionó a varios de los jugadores estrella de las distintas selecciones. Bueno, la verdad es que pedí ayuda al hijo de una compañera de trabajo, que me proveyó de una lista de tres hojas con “la esperanza” de las distintas selecciones, cuando pedí auxilio con este artículo.

Y bueno, no me queda más remedio que sobrevivir a otro mundial. Algún que otro partido me comeré, ya que si no estoy condenada al ostracismo y me tendría que preparar para vivir un mes a contramano con el resto del mundo. Pretenderé que me interesa seguir los avatares de veintidós tipos corriendo detrás de una pelota como si en ello les fuera la vida. Gritaré algún gol, para no desentonar. Veré miles de comerciales alusivos, -ya que el mundial es la gallinita de los huevos de oro de la publicidad-. Fingiré tristeza si Uruguay no logra superar algunos de los pesos pesados que tiene como rivales, en el grupo que le tocó,- ¿Ven? no puedo con la condición, otra vez me hago la entendida-.

No es fácil no tener el gen futbolero, es una carga pesada de llevar. La Copa Mundial de Fútbol es un constante recordatorio de esta dolorosa condición.

martes, 1 de junio de 2010

¡Nos descubrieron!, ¡por fin nos descubrieron!

Un lunes de mayo a las 9 de la noche en uno de los tantos boliches del puerto, un polaco, un italiano, una inglesa, un mexicano, tres norteamericanos, una alemana, una rusa y una uruguaya se reúnen para festejar el cumpleaños de un alemán.

¿Qué es esto? ¿la liga de las naciones? ¿un circunstancial grupo de turistas? No, esto era simplemente la reunión de un grupo de amigos que se juntaban para hacerle una fiesta sorpresa al del cumpleaños.
La particularidad de este encuentro es que todos los presentes- menos la autora de este artículo- son extranjeros radicados en Punta del Este.

Las personas reunidas en esta inhóspita noche de mayo, son simplemente una muestra representativa del creciente grupo de extranjeros que eligieron abandonar el “primer mundo” y mudarse a Uruguay para empezar una nueva vida. Vienen escapando de las manchas de petróleo, los volcanes de nombres impronunciables, las tambaleantes economías, las atestadas metrópolis, los altos impuestos, la inseguridad de las ciudades.

La lengua franca para este grupo es el inglés; inclusive hay un grupo que se hace llamar Punta Expats que se encuentra el tercer lunes de cada mes en distintas cafeterías de Punta del Este. Intercambian libros, anécdotas, consejos e historias de cómo mejor sobrevivir en estas remotas tierras.

Como todos los expatriados del mundo -gente que en sus países respectivos no se darían ni la hora- aquí son como hermanos de leche, unidos por la experiencia común de tratar de encajar en nuestra ecléctica sociedad puntaesteña y no dejarse amilanar por nuestra viveza criolla.

Al llegar, los extranjeros que se radican en Punta del Este, se encuentran con los nativos -o sea nosotros-. Parece ser que aunque nos creemos muy amables y civilizados, también nos especializamos en hacerle la vida difícil a los gringos que no tienen experiencia tratando con nuestra relajada modalidad rioplatense.

Así que por una cuestión de supervivencia hacen frente común, y se reúnen para aconsejarse los unos a los otros acerca de cuál es la mejor forma de tratar con los nativos. Se pasan recetas de cómo lograr salirse con la suya, a pesar de nuestra velada pero persistente resistencia a dejarnos colonizar otra vez por estos adelantados del norte.

El hecho es que los extranjeros están aquí con la intención de quedarse, mandan sus hijos a los colegios locales, los podemos encontrar en el gimnasio, en la peluquería, en el supermercado, comprando o alquilando propiedades. Cuando menos lo esperamos, ¡zas! ahí están pidiendo “Mediou kilou de quesou dambou, pofavorrr.”

Ya son parte de nuestra comunidad, ya nos descubrieron, y parece ser que les gusta la calidad de vida que encuentran en este remoto rincón del mundo. Está en nosotros asimilarlos, no aprovecharse del hecho de que no conocen nuestras costumbres y en muchos casos nuestro idioma.

Al fin y al cabo somos una nación que proviene de inmigrantes. En algún momento un antepasado nuestro- ya sea cercano como nuestros padres, o lejano como un tatarabuelo- decidió radicarse en este país de extraño nombre. Somos la descendencia de estos extranjeros que llegaron llenos de esperanza a empezar una nueva vida, bajo un cielo muy distinto al que los cobijaba en su infancia.

A veces no basta con una geografía amable, la ausencia de desastres naturales y un clima benigno. Los lugares también los hace la gente que los habita.

Seamos generosos y démosle la bienvenida a Lutz, Arisha, Michael, Hanna, Filippo y Elizabeth, como lo haríamos con Luis, Irene, Miguel, Ana, Felipe e Isabel.

Alguna vez, algún antepasado nuestro estuvo en sus zapatos, muchos de nosotros vivimos en el exterior, y ¿quién no tiene algún pariente o amigo viviendo fuera del país?

Así que: Bienvenidos, welcome, bienvenue, bem-vindos, willkommen, benvenuti.