lunes, 3 de enero de 2011

¿Dónde tenemos la cabeza?

La noche del 28 de diciembre –sospechosamente el Día de los Inocentes- alguien decapita la estatua de Buda que daba nombre a Buddha Parking en Manantiales.

Este acto de vandalismo fue merecedor al día siguiente, de una reseña en el diario El País, que atrajo la atención no sólo sobre el acéfalo personaje, sino que incluyó declaraciones de los dueños del parking y el vecino café.

Si este notición hubiera llegado a la televisión, la cobertura hubiera sido algo como:

“Señor Buda, señor Buda ¿qué sintió cuando le cortaban la cabeza?” le preguntarían morbosamente al mutilado protagonista de la noticia, al estilo de Crónica TV. “El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional”, podría ser una de las contestaciones de Buda. Maravillados ante tanta sabiduría, enfocarían con la cámara a los indignados dueños del parking, que gesticulando se lamentan de la suerte de la pobre estatua. Cuando parecía que el Buda de Manantiales nos había perdonado por decapitarlo, ahí saldría una voz cavernosa de su cuello mutilado: “Nuestras buenas y malas acciones nos siguen como una sombra.” Es en ese momento en que queda en claro que el acto de vandalismo perpetrado hacia este Buda, puede torcer irremediablemente el karma puntaesteño, y arruinarnos la temporada.

Algo hay que hacer, alguna acción hay que tomar ¿Por qué no en vez de una cacería del tesoro, hacemos algo tipo? ¿a ver quién encuentra la cabeza del Buda de Manantiales? El premio para el equipo que le devuelva la cabeza puede ser entregado en una ceremonia en el lugar donde se perpetró el crimen, acompañado de canticos de los Hare Krishnas, seguido por el sacrificio de alguna virgen dispuesta a todo por un minuto de fama, todo esto coronado con abundante champagne y sushi -o tiraditos, ceviche y pisco, ya que lo peruano parece estar de moda esta temporada-. Por supuesto que para asistir al evento se necesitarán precintos que serán provistos a selectos invitados por algún relacionista público. La ceremonia puede ser seguida minuto a minuto por twitter.

Alguien tiene la cabeza de la estatua como trofeo y le importa un pepino su karma, o no quiero pensar que esto es una movida de prensa para atraer la atención al vecino Glam Coffee, de los mismos dueños, ya que en la nota que salió en el Diario El País, no sólo se lamentan del acto de vandalismo y del destino del pobre Buda, sino que también es un chivo para el café que promete glamour instantáneo – algo muy codiciado en Punta del Este-.

VAI, VAI cabeza de Buda, oh no perdón, esa es la canción compuesta por Alfredito Etchegaray para el mundial en Brasil. Nuestro relacionista público y candidato a Alcalde de Punta del Este más mediático, se animó a componer una pachanguera melodía que próximamente oiremos en algún lado. Tiemblan Caetano, Carlinhos y Gilberto.

Desde el disparatado Punta de Este veraniego, les digo: Bye-bye.

martes, 14 de diciembre de 2010

Buddha Parking


Punta del Este es maravillosa en esta época del año. Vemos día a día la transformación de la ciudad, la vemos emperifollarse, maquillarse para el arribo del turismo.

Para llegar a mi casa, todos los días, paso por el otrora tranquilo pueblo de Manantiales, y veo, con asombro, como brotan restaurantes, tiendas, bares a ambas márgenes de la Ruta 10.

La semana pasada me llamó la atención ver que estaban limpiando y rellenando de balastro un terreno baldío sobre la ruta. Al día siguiente el predio tenía una estatua de Buda rodeada de un cantero de flores y lo que parecía ser un cartel tapado por un nylon. Inocentemente, pensé: “Que interesante, están haciendo una placita con un Buda”. Pues, no señor, estaba bien equivocada. Al día siguiente, una vez removido el nylon y develado el misterio, me enteré que lo que yo creí era una plaza, en realidad era un estacionamiento abierto de 10 a 23 horas.

Buddha Parking en Manantiales es un claro ejemplo de la utilización de una figura de importante significado místico para una cultura, y su occidentalización con fines comerciales, para imprimir a un vulgar emprendimiento lucrativo, como puede ser un parking, de una cierta pátina new age. Al pobre Buda ya le han sacado el jugo, hay Buddha Bar -un exclusivo bar y restaurante parisino muy de moda a fines de los años noventa, que le dio nombre a unas exitosas compilaciones de música lounge, que reportaron millones para el disc-jockey que las comercializó-.

Me pregunto cómo se verá afectado el karma de los que en este verano usen Buddha Parking. Si estacionar el auto en ese lugar puede de alguna manera contribuir a acelerar el tortuoso camino para alcanzar el Nirvana. Si por asociación, entre el sol y el mar de la playa Bikini, alguna cerveza o caipiriña en los boliches de la vuelta, se nos pega algo de sabiduría budista y acabamos todos más sabios y desprendidos.

Los nombres monosilábicos o con reminiscencias asiáticas parecen estar de moda, en la calle 20 acaba de abrir Omm, una versión más paqueta del Indian Outlet, en La Barra hay un gigantesco cartel anunciando OH!, un centro comercial proyectado por el estudio de Carlos Ott, que se prevé abrirá sus puertas en noviembre de 2012. Pionero en la tendencia monosilábica tenemos al ya consagrado condominio Yoo, en la avenida Roosevelt, o más críptico todavía y más económico en su uso del alfabeto, al Ô en la Parada 7 de la Brava.

Esta es la época del año en que Punta del Este despierta de su letargo para recibir otra temporada. Esta dejará a su paso una cantidad anécdotas y algunas noticias, de las últimas nos enteraremos por los diarios, la radio o la televisión; pero son las primeras las que definirán este verano para la mayoría de nosotros. Son esos momentos que no merecen titulares en los diarios, porque no tienen nada de extraordinario, pero forman parte del intrincado tejido de nuestros recuerdos y nos hacen identificar un verano en particular.

Espero que el otoño del 2011 nos encuentre a todos más sabios y ricos en anécdotas felices…oommmm.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La Previa

Ya estamos en los descuentos, se viene la temporada. Estamos como los caballos de carrera, tascando el freno en las gateras, esperando la campana.

Basta darse una vuelta por Punta del Este y alrededores, para ver que están todos pinta que te pinta las casas y los locales, los jardineros están planta que te planta en los jardines, la intendencia está rompe que te rompe las calles, muchos comercios están remarca que te remarca la mercadería. Todos los que aquí vivimos nos estamos preparando de una manera u otra para la llegada de los veraneantes.

Llegarán, como siempre, después de Navidad. Algunos se adelantan y pasan en Punta del Este la Nochebuena menos navideña de sus vidas, ya que los Papá Noel escasean y los villancicos brillan por su ausencia; los puntaesteños no nos caracterizamos por rezumar espíritu navideño, precisamente. En los días siguientes, empiezan a descender sobre Punta del Este, por aire, por tierra, por mar; de la noche a la mañana pasamos de ser una relativamente tranquila ciudad del interior, a convertirnos en el epicentro de la actividad turística del país, y porqué no de la región.

Para muchos es fundamental estar en Punta del Este en estos codiciados y caóticos días, no en vano reveillón es el momento más álgido del verano. Todos quieren ser parte del “circo esteño,” como lo llama el diario argentino La Nación, en una nota del domingo pasado llamada “Luces del Este” en la cual dan un auspicioso panorama de la temporada 2011.

Los que vivimos en Punta todo el año sobrellevamos esta época con una mezcla de expectativa y desazón; por un lado nos gusta ver llegar a los veraneantes que dan vida a nuestras calles, playas, comercios y sustentan nuestra economía, pero al mismo tiempo, el cambio de ritmo tan brutal nos deja desconcertados y aturdidos, al menos durante los primeros días de la invasión turística.

Llegan y como por arte de magia se prenden los semáforos, se abren comercios, se iluminan las torres, aparecen monstruosos cruceros en el puerto, empiezan los embotellamientos, el caos en los supermercados y cenar a la una de la mañana se transforma en aceptable. Viene una cantidad considerable de desconocidos con ropa de marca, pero también desembarcan clientes, amigos, familiares, y todos quieren atención, un pedacito nuestro, un poco del escaso tiempo con el cual contamos.

Ya nos encontramos a menos de un mes del comienzo de la temporada, en estos veintitantos días que nos quedan, tenemos que terminar de ponernos nuestra mejor cara para recibir a los que vienen a nuestro balneario, en busca de un paraíso prometido en revistas, folletos de turismo, o simplemente buscando recrear los buenos momentos vividos en veranos pasados.

Los que estamos aquí todo el año, nos sonreímos con complicidad, ya que sabemos que en cuanto vuelvan a apagarse los semáforos volveremos a ser los dueños y señores del lugar. Nos esperan pacientes “las aguas de marzo cerrando el verano” como en la canción del poeta brasilero Antonio Carlos Jobim

jueves, 18 de noviembre de 2010

Entre chismes y rumores

Estamos en la era de las apariencias. No importa lo que es sino lo que parece, o si parece pero no es, no importa, lo principal es la percepción colectiva y no la esencia.

Estamos en la era de los rumores. Si lo alguien lo dijo, lo escuchamos por casualidad o lo leímos en algún lado –llámese red social, revista de chismes, blog, programa de televisión, cadena de emails- debe ser verdad; y si no es cien por ciento comprobable, algo de verdad debe tener.

¿Cómo sobrevivir a la sobredosis de dudosa información con la cual nos bombardean a diario? Esto requiere una disciplina casi espartana y un autocontrol digno de un consumado yogui (y no me refiero al oso amigo de Bubu).

Algunos de los datos que nos llegan son malintencionados, muchos de ellos, simplemente irresponsables y la mayoría de las veces, virtualmente imposibles de rastrear. Necesitamos una gran dosis de escepticismo para navegar por las dos primeras décadas del siglo XXI sin dejar que la superabundancia de información nos seduzca, como el canto de las sirenas cautivaba y enloquecía a los desgraciados marinos en La Odisea.

Al igual que el peligroso canto de estas peculiares figuras mitológicas, el chismorreo es irresistible para muchos, y aunque todos sabemos de los riesgos de prestar nuestros oídos para escucharlos y tratamos de resistirnos a la irrefrenable urgencia de repartirlos, es virtualmente imposible no dejarnos envolver por la ondulante marea de datos de variadas fuentes, con la que nos enfrentamos diariamente.

Como Ulises, tenemos que adoptar alguna técnica para dejar pasar los seductores chismes y no perpetuar el ciclo ad infinitum. De nosotros depende interrumpir el flujo de supuestas infidelidades, presuntas estafas, sospechosas cirugías plásticas, inminentes divorcios y demás jugosos -pero la mayoría de las veces- inverificables datos.

Muchos de nosotros hemos sido el sujeto de un chisme en alguna oportunidad, y todos hemos colaborado, inadvertidamente algunas veces y a sabiendas otras, a difundir un rumor malicioso. En la era de las comunicaciones el chisme nos ataca desde distintos flancos y se mueve a la velocidad de la luz.

Los rumores nacen con nosotros y cobran la importancia que les damos. Los creamos o los recogemos ya creciditos, y los lanzamos en una loca carrera de relevos una vez que decidimos difundirlos, azuzados por nuestra irresponsabilidad, alimentados por nuestro ingenio, los catapultamos hacia una meta borrosa e imprecisa que casi siempre termina con un amargo trofeo para alguno de los involucrados.

Lectores del Diario Correo de Punta del Este: la próxima vez que nos topemos con un malicioso e irresistible chisme, respiremos hondo, contemos hasta diez o hasta cien si es necesario, y sopesemos las posibles consecuencias de difundir ese rumor.

Si la urgencia por propagarlo es irrefrenable, por favor me mandan un correo electrónico a flosader@hotmail.com.

jueves, 28 de octubre de 2010

El cielo ajeno

La primera vez que me sentí realmente extranjera, fue hace muchos años en el planetario de Londres.

El planetario quedeba al lado del famoso Museo de Cera Madame Tussaud. Ese mismo día visité los dos, y supongo que las figuras de cera de tamaño natural deben haberme impresionado, sin embargo, el recuerdo más vívido que tengo de esa ocasión, es la emoción que sentí al ver una proyección del cielo del hemisferio Sur, y al mismo tiempo percatarme, que el cielo que en ese momento me cobijaba era otro. No fueron los autos con el volante del lado derecho, ni la famosa neblina londinense los que me hicieron sentir forastera, sino la Cruz del Sur y las Tres Marías, las que me recordaron que estaba muy lejos de casa.

La otra noche releyendo “Poemas de Punta del Este, Buenos Aires en tinta china” -una recopilación de poemas que el español Rafael Alberti escribió durante su exilio en nuestro balneario- me encontré con las siguientes líneas: “Cuando al entrar en casa miro al cielo y buscando, nostálgico la Osa Mayor, de mi hemisferio Norte, me surge, de un agujero negro de la Vía Láctea, la geometría perfecta de la Cruz del Sur, recuerdo que mi vida corre ya muchos años bajo la noche austral de América, lejos, muy lejos de los cielos de España.”

Todos los que desprevenidos, hemos levantado los ojos al firmamento en una noche sin nubes para encontrarnos con estrellas desconocidas, sabemos lo reconfortante que resulta volver a ver los astros que nos acompañaron en nuestra infancia. Uno puede familiarizarse con las calles, los árboles, los edificios, las plazas, los monumentos, de una ciudad que no es la suya, pero el cielo sigue siendo ajeno.

Hay algo atávico en nuestra fascinación con las estrellas, ellas guiaron a exploradores, aventureros y marinos, señalando el camino durante sus aventuras y marcando el sendero que los devolvía a casa. Hoy en día la mayoría de nosotros sabemos poco de ellas -lo que nos acordamos de las clases de astronomía en el liceo- no por eso dejan de hechizarnos, esos puntitos brillantes en el firmamento son un recordatorio constante de la insignificancia de nuestro planeta, uno de varios girando alrededor de una estrella, similar a las miles que alcanzamos a ver en una noche.

Después de vivir casi una década en una ciudad del hemisferio Norte, aprendí a adueñarme de sus calles de nombres en inglés; cierro los ojos y todavía puedo recorrer con la imaginación los lugares que transitaba diariamente. El cielo es otra historia, las estrellas que decoran el firmamento al norte de la línea del Ecuador me son esquivas, me olvidé de ellas; probablemente ellas también me olvidaron, porque como al poeta Rafael Alberti, fueron ellas las que me hicieron sentir forastera.

martes, 19 de octubre de 2010

El Isidoro Cañones de nuestra época














Cuando era chica me encantaba leer las historietas “Locuras de Isidoro.” Seguía con devoción las aventuras de Isidoro Cañones, el famoso playboy porteño, concebido por el dibujante argentino Dante Quinterno, creador también de otro conocido personaje, el cacique tehuelche Patoruzú.
De la mano de Isidoro conocí los boliches de moda en el Buenos Aires de los años setenta, los que a mis escasos doce años parecían tan lejanos y fascinantes como el Taj-Mahal. Leyendo estas historietas me reí de las ocurrencias de su protagonista, me escandalicé con lo que en ese entonces me parecía una vida disipada y secretamente desee que Isidoro lograra salirse con la suya para poder seguir malgastando junto a su amiga y fiel compañera Cachorra, el dinero de su bienintencionado y pacato tío, el Coronel Cañones.

Isidoro era cobarde, vividor, le gustaba el juego, la bebida y las mujeres, odiaba el trabajo y los deportes, no respetaba la autoridad, su leit motiv era vivir la vida a toda costa, y si era a costa de alguien mejor.
Mi héroe no era exactamente un dechado de virtudes, sino el prototipo del vivillo porteño, pero era rebelde, popular, simpático, un seductor nato, cualidades muy valoradas en la adolescencia, de estas y las ganas de transgredir un poco, quiero suponer, vendría mi atracción por este personaje.

El tiempo pasó, en los años siguientes tuve la ocasión de conocer distintos tipos de “Isidoros de carne y hueso”, por supuesto que era más simpática la versión en papel que la realidad, y muchas de las características de este personaje que me divertían de chica, llegaron a exasperarme cuando me las encontré de grande en personas cuyos nombres no pienso mencionar.

El otro día leyendo el diario argentino La Nación, me topé con el siguiente titular: “Cancelan la obra de Fort en Uruguay” el copete de la nota agregaba “Se iba a presentar Fortuna, pero no se vendieron las localidades suficientes y los productores decidieron dar de baja el espectáculo; se devolverá el dinero de las entradas vendidas.” Fue ahí que se me prendió la lamparita y llegué a la siguiente conclusión: Ricardo Fort es el Isidoro Cañones de hoy en día.

Fanáticos de Isidoro: Antes de indignarse, déjenme elaborar el porqué de esta afirmación.
Si lo piensan bien, hay sospechosas semejanzas entre los dos personajes, y como si esto fuera poco, el guión del espectáculo que pretendían presentar en Montevideo, se asemeja sospechosamente a una de mis historietas favoritas de Isidoro “Novio de América.” En este número el protagonista se ve obligado a acompañar a su tío en un viaje de negocios, ya que este no se anima a dejarlo solo en Buenos Aires, Isidoro aprovecha la ocasión para ponerse de novio con cuanta rica heredera va conociendo en su gira por Latinoamérica. Todo se complica cuando este fanfarrón se vanagloria de su hazaña en una entrevista de televisión que es transmitida por todo el continente.

“Fortuna” la obra de Fort se trata de un playboy millonario que vive en una mansión, y tiene novias por todo el mundo, el problema aparece cuando todas deciden sorprenderlo visitándolo para su cumpleaños.

Isidoro se valía de su encanto y su labia para seducir a las mujeres, Fort en cambio utiliza su billete, pero salvando las diferencias y los más de cuarenta años que separan a los dos personajes, no puedo dejar de pensar que estos dos porteños son el fiel reflejo de diferentes épocas de la sociedad argentina.
Isidoro Cañones es el fruto de la imaginación de Dante Quinterno y sólo vive en sus historietas, Ricardo Fort es de carne y hueso, -aunque parece de plástico-, y también es el fruto de la imaginación: la suya. Este hombre logró crear un singular personaje, con la complicidad de los medios, que supieron ver la atracción que este Isidoro millonario, prepotente, plástico, siliconado y de sexualidad dudosa podía llegar a ejercer en un publico “Tinelizado”.

Cuando los comparo, a pesar de sus múltiples defectos y de ser un pelafustán, un zángano, un botarate, un mequetrefe como diría su tío y benefactor, el Coronel Cañones, me quedo mil veces con Isidoro. Aunque este es solamente unos trazos en un papel, lo veo como un personaje bastante más interesante que Fort.

El joven Cañones es una caricatura de la sociedad porteña de las décadas del sesenta y setenta; con él conocí costumbres, lugares, personajes de esa época, y aunque no era ningún ejemplo a seguir, lo prefiero con su oportunismo y picardía, al exhibicionismo hueco de ese mutante mediático que pretendieron importar a Uruguay por unos días.

¡Qué suerte que la “Fort Beach” está en Mar del Plata, y por ahora no se les ocurrió replicar semejante experimento en Punta del Este!

jueves, 14 de octubre de 2010

La verdadera prueba del 12


“La Prueba del 12 da: Buena Temporada” se titula una nota publicada el 11 de octubre en el diario El País. “Exitoso fin de semana largo trae buenos augurios para el verano" dice un titular de La Republica, del mismo día. Pinta una buena temporada, dicen los comerciantes, los propietarios de inmuebles en alquiler, los recaudadores de la DGI, afilándose los dientes.

Los astros parecen haberse alineado de manera que las predicciones para el próximo verano sean auspiciosas: Brasil está caro y muchos brasileños le están tomando el gustito a vacacionar en Punta del Este; aunque la diferencia cambiaria con Argentina no nos favorece, sí lo hace la inflación que se ha instalado cómodamente en este país, sin intenciones de irse en un futuro cercano. La costa argentina tampoco está barata, e indiscutiblemente tiene más cachet decir “Este año veraneamos en Punta” que “Este verano nos vamos con la patrona a Mar del Tuyú” (ojo que no tengo nada personal contra ese lugar, que bien lindo debe de ser). Por último, Uruguay ya no es un destino desconocido para europeos, norteamericanos y asiáticos, de a poquito empezamos a verlos cada vez más por nuestras costas.

Los puntaesteños tuvimos este pasado fin de semana un abrupto cambio de ritmo. Salimos de nuestra cómoda cadencia primaveral y pasamos a algo bastante parecido a los días de la pre-temporada, en los que empezamos a ver aparecer en nuestras playas, restaurantes y negocios una horda de visitantes ávidos de sol, comida, mercadería, diversión.

Es innegable, los que vivimos del turismo, - o sea la mayoría de la población del departamento- nos entusiasmamos al ver tanta gente. Nos brillan los ojitos al leer los halagüeños titulares, nos gusta comprobar que al largo invierno de semáforos apagados, se sucede el verano trayendo centenares de turistas, deseosos de dejar sus dólares, euros, reales y pesos en nuestras arcas.

Una vez superada la “Prueba del 12”, no puedo dejar de pensar que un par de chispitas, como las provocadas por los bienintencionados artículos de El País y La República, son suficientes para empezar un incendio incontrolable que arrase con todo lo que encuentra a su paso. Este tipo de titulares optimistas son el combustible que alimenta la suba de precios que a la más mínima provocación, es propenso nuestro querido balneario.

Es verdad que la temporada es corta, y que muchos negocios abren sus puertas por unos escasos cuarenta días, pero eso no es excusa para pensar que los veraneantes son tontos y que van a aceptar pagar cualquier cosa simplemente porque tiene la etiqueta “Punta del Este.”

Fines de semana como el pasado son verdaderas pruebas, pero lo que está en tela de juicio no es si la temporada va a ser buena, mala o regular, sino nuestra capacidad de mantener la calma ante estos titulares incendiarios.